Umbra, hogar y tatuajes.
(texto perteneciente a la pieza homónima, Expo: INFRA, Estudio Pablo de Lillo, Oviedo, 2024)
Una historia se termina. Por eso debo quedarme donde estoy. El que mira hacia el jardín desde la ventana del salón – hojas ausentes de avellano – dedica el tiempo a los errores que le conforman, a los aciertos que lo dividen, a esa estructura del espacio que durante años ocupó sin márgenes y que ahora se le antoja propia. El paisaje surge en sí mismo: colinas que anticipan montañas, montañas bajo cielos cubiertos, diluidas en nubes que por el sendero presagian la desaparición de las cosas. Nada es voluntad sino el tan humano quebranto.
Aplicar pintura negra sobre el plano frontal de las telas siempre hará referencia a Pierre Soulages y pretende alcanzar gestualmente ese lugar donde la invisibilidad tiende a lo absoluto, lo más profundo de cualquier estancia; muchas son las ocasiones en las que me pienso en la umbra de un objeto hasta devenir su expresión. No quiero explicar nada, aquel furor de la creencia ya no existe.
Recuerdo que escuché por primera vez en la voz de mi padre la palabra “garabatu”. Ignoro la relación que pueda existir entre los trazos de un lápiz sobre una superficie y un rastrillo de madera. Veo aparecer por la boca de la tenada la figura de aquel muchacho que quedó sordo y luego mudo por las bofetadas que le propinaba su padre desde bien pequeño. En los primeros años de la vida los padres no tienen fisuras, son seres sólidos, proyectan umbras. Algunos se quedan en ellas hasta el final.
R – a quien conocí hace muchos años – hace garabatos y sigue produciéndome cierto malestar; su pintura es ácida, mordaz, satírica, sus borrones son antiguos, sus líneas revueltas, los títulos de sus cuadros un reclamo para el desasosiego.
Los avellanos lucen sus amentos, un autobús pasa y dos voces se entrelazan en el fraseo de Lester Young. Pienso de nuevo en las equivocaciones. Cambio de disco, escojo a Sabine Meyer: Concierto para clarinete de Mozart. Echo de menos la sorpresa de verte en “la région des cuisines”, tu palabra prudente, aquellos paseos bajo la lluvia alpina, tu herida dulce, tan hermosa. Ahora que ahora se repite todo ha pasado, el mismo acontecimiento. Múltiple, errático, íntimo, el origen y su agonía.
Tal vez cabría entender la pintura como un hogar. La de R tiene ese algo irascible de los que nunca se agotan en la paciencia. Su quehacer es tosco, me desespera. A pesar de todo es un buen pintor, a la manera de Kippenberger. No acierto al suponer que ambos están tatuados porque – concluyo sin entusiasmo – son seres imaginativos y no perderían el tiempo en acudir al tatuador. Hace miles de años alguien comenzó a grabarse signos en la piel: triángulos, espirales, franjas rojizas, círculos azulados… aún no había rastrillos para dibujar la tierra con hierba seca; hoy en día se han popularizado como señales de una identidad dudosa. Un jugador de fútbol, un camarero, un oficinista. ¿Qué placer habrá en mirarse y contemplar un dibujo bajo la epidermis?
Para crear un hogar – para pintar – hay que conocerlo en cada instante, reconocerse en él. Yo no conozco bien Asturias, pero este aire que se cuela entre los avellanos es parte de mí como la luz que atraviesa la ventana y la presencia húmeda y tierna de la tristeza. Tampoco conozco toda la pintura y este hecho no invalida mis deseos de plantear, trabajar el trazo, de observar el lienzo y su pellejo. R y yo sabemos que la pintura no atraviesa la tela como una aguja, se incrusta en la trama, la cubre, se confunde con ella, la provoca hasta anular su independencia. Esta vez voy a pintar los laterales de gris, un gris de penumbra, no habrá color.
Nací en un hospital a más de quinientos kilómetros de aquí. Me pregunto dónde habrá nacido R. Lo represento de niño escondido en un bosque jurasiano, no lejos de donde transcurrió tu infancia. De alguna manera está conmigo y pensamos en ti. Cambio el disco y empieza a sonar Elegía, una pieza para viola compuesta por Britten en su adolescencia. Hay algo en esa obra que revuelve el sentido de la intención, la carga de lo añorado, de la brocha, la del negro incesante sobre la superficie del mundo.